::Vivos y vigilantes::
Contrariamente a lo que sucedió con Salomón, los enemigos de David nunca le dieron descanso. Eso lo obligaba a mantener su fe en constante actividad. La mayoría de los salmos de David refleja su sufrimiento.
“Sálvame, oh Dios, porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie; he venido a abismos de aguas, y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar; mi garganta se ha enronquecido; han desfallecido mis ojos esperando a mi Dios” (Salmos 69:1-3).
Esos tres primeros versículos del Salmo reflejan claramente uno de sus momentos de tortura y dolor. Pero, en ningún momento David vaciló en la fe o perdió su confianza en Dios.
Ya su hijo Salomón no vivió la situación del padre. Él confiesa el bienestar de su alma, diciendo: “(…) el Señor mi Dios me ha dado paz por todas partes; pues ni hay adversarios, ni mal que temer” (1 Reyes 5:4).
Dos reyes, dos destinos diferentes. El primero gimió por sus enemigos, pero mantuvo su comunión con Dios; el segundo gozaba de la prosperidad, de la paz y no tenía enemigos. Pero, perdió la fe.
La conclusión de la paradoja de la fe es simple: cuanto mayor y mejor es el estado de bienestar social y espiritual, mayor es el riesgo de acomodarse en la fe y perder todo. Es el retrato de Salomón.
Cuanto más intenso es el estado de luchas y pruebas, más se requiere la fe y la dependencia de Dios. Es el retrato de David.
Dios ha permitido la presencia de enemigos de la fe para que sus siervos no sean acomodados.
Es la vieja historia del tiburón en el estanque de peces.
¡Mientras está allí, los peces se mantienen vigilantes, más vivos!
Dios bendiga a todos.
Blog Oficial del Obispo E. Macedo Biografía: Obispo E. Macedo
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